
De aquí cuatro años me quieren casar con Cesario, un noble de Alemania cuyo padre es buen amigo del mío. Lloro porque no quiero casarme con él, no le conozco y dudo que sea feliz. Quisiera que él pensara lo mismo que yo y así hacer más complicada la situación y poder lograr suspender la boda y quitarme a Cesario de mi vida. Eso sí, a quien no me puedo quitar de la cabeza es a Rubén. Es un criado de palacio que limpia, junto a su padre, el jardín donde paso las tediosas tardes de verano. Me enamora su cuerpo delgado y esbelto. Sus cabellos rizados de color castaño me recuerdan a Relámpago, mi perro que falleció hace dos meses y unos días. No estoy segura de que sus ojos sean verdes porque me fijo en él a distancia y no puedo verlos con detalle. Quisiera casarme con él pero mi padre, cuando me ve ensimismada observándole, me explica el porqué no puedo casarme con él.
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